miércoles, 7 de diciembre de 2016

Mientras leía.

Una buena vida, como aquel cuento de Bunin, que tan marcado me dejó. Quiero decir, no es comparable mi existencia con la de aquella mujer, qué entre otras cosas, se le muere un hijo atragantado por una moneda ¿Un kopek? O quizás sí, somos todos manufacturados con la misma sustancia volátil. Lo que nos sucede es que hemos sido seducidos por nuestra literatura. Es lo que hemos ganado con la civilización. O con la inteligencia. Quizás hemos tomado conciencia de todas nuestras miseria en un agua embarrada de palabras y nutrida por fracasos insustanciales. Pretendemos creer que nuestras emociones son bellas o terribles, pero enfrentadas al producto derivado de una vida entera, se evaporan como el agua de los charcos. Así de las obras que leía en cada momento de la vida, pensaba extraer unos conocimientos que me prepararan para este deambular cotidiano en la tierra del exilio. Pero me equivocaba. Sin fe no hay grandes progresos en la espiritualidad. Y yo guardo una fe limitada en las experiencias ajenas, y menos en las noveladas. Sin embargo, hay tantas cosas que podría aprender. La mayoría de las novelas tienen un punto triste. Son alegorías de este pulso bélico que llamamos vida. No voy a caer en el tópico de mencionar el instante fatal, pero hay que ser consciente de que la extenuación está ahí. Me entra la risa pensando que alguien está jugando al golf con nosotros. Leía una buena vida, espantado y a la vez, alimentado de esperanza sin sentido. Es esa melancolía que tienen los maestros eslavos a la hora de escribir. Esa literatura de rusos, la gélida atmósfera de la que cubren sus palabras, ese agonizante cielo azul que describe Andrei Bolkonsky,  del momento en el que cae herido y se siente sumergido en la vida y no comprende nada más allá que aquel desfile de nubes sobre su cabeza. Y es aquí donde arranca mi historia. Una patética versión de los hechos bajo una nublada bóveda de realidades absolutas. Justo en el momento en el que Pierre Bezújov bebía una botella de vodka de un trago, en la repisa de una ventana, yo había roto el cristal de una relación cuyo licor hacía tiempo que estaba agotado. Estaba más aliviado que afligido, la verdad. No es fácil convivir con la locura de la rutina. No era una separación especialmente traumática.  En mis lacrimales aún abundaba el agua del mar. Ella estaba loca, y yo, para escapar de su locura, me había sumergido en aquella guerra y paz. Y Paz me dio mucha guerra. 

Pero en el momento en el que avanzaba por aquella voluminosa novela, que descansaba en una mesa de un parque madrileño, me sentí realmente alzado a esas nubes, que contemplaba aquel príncipe ruso mientras yacía herido en el campo de batalla. Escritores y lectores somos en esto como dioses, que contemplan el espectáculo de los mortales. Debía ser un inconsciente, tanto tiempo con una relación sentimental, que no me daba cuenta del abismo que se abría a mis pies. Por ello me enamoré de Natasha, de aquella risueña Natasha Rostova, a la par que pasaban las páginas de mi vida. Tras los libros, por supuesto, acudí a la amistad. La inteligencia es sumida en vasos de licor. En los tragos que damos se pierde un poco esa civilización de la que hablaba, y volvemos a ser un poco más nosotros mismos. Esto no es bueno, ni malo.  Aquellas noches me precipitaba por una espiral de delirios alcohólicos y psicotrópicos, y mis dedicaciones sentimentales deambulaban constantemente entre el fracaso y el escepticismo sobre mi capacidad seductora. Tal vez exagere. Hubo alguna cópula procedente de un devaneo previo entre dos coches de un callejón. Caza furtiva, en un hábitat donde las palabras deben ser menos precisas y más atrevidas. A medio camino entre la futilidad y la perversión. Te juro que de nada me servía todo el Shakespeare aprehendido en mi interior. Yo era el menos directo, el que más rodeos daba a la hora de querer expresar lo fundamental. Lo que una mujer deseaba en aquellos momentos. Pero mis palabras a veces hondaban demasiado pronto y tocaban hueso, sin haber rozado primero el alma. Mi aspecto, en aquella paz, era muy de Bezujov por lo que supe que tenía que esperar mi momento. Pero siempre tenía el noble propósito de encontrar una musa a la que poder glorificar. Un Quijote en busca de sus molinos.  Eso era yo, en aquellos tiempos. Una froilan se interesó por mí. Nadie es profeta en su tierra. Ella tenía un cetrino español como novio. Eso me animó a entablar conversación con ella. Tenía un buen español, dada las circunstancias, para hablar con un tipo como yo, y entender aquellas ráfagas de ideas con las que tiroteaba contra su virtud. Un interés real brillaba vertiginoso por sus pupilas, quizás de asombro, pues no negaré que si bien, yo era el más torpe de los depredadores del bar, sin duda era diferente.  Pero aquel paisano vino pronto a defender su territorio. de hecho, gracias a mis amigos, no salí mal parado. No sirvo para la guerra. Soy alérgico al combate. Quizás no tanto para vomitar si me peleo, o mejor dicho, mientras peleo, si lo hiciera. A veces me he preguntado si me han hecho el mismo tratamiento que le dieron a Alex en “La naranja mecánica”. Creo que de niño me dieron el tratamiento contrario.

Así pasaron más las noches que los días, puesto que me había convertido en una especie de la noche, algo así como Drácula, pero sin un castillo donde recibir a nadie, y sin poder decir aquello de “Bienvenido a mi morada, entre por su propia voluntad y deje algo de su felicidad aquí” Y por supuesto, sin su hipnótico poder de convicción. Fue un tiempo de abandono. Podría haber hecho mil cosas, pero no lo hice. No era por falta de ideas, pero siempre tuve problemas técnicos. Aún los tengo. De hecho ahora no estoy más que reuniendo una pira de papeles que arderán en una gran pira esta noche. O tal vez, seguiré más por el vicio de recordar momentos que ya quedaron atrás.


Según iban pasando las noches, cada vez leía menos y ganaba más peso. No creo que haya ninguna relación entre estos dos conceptos, pero era así. Había descuidado la alimentación, tanto la del cuerpo como la de la mente.El día en que empecé a consumir filosofía barata me di cuenta de que algo había hecho click en mi interior. Me asfixiaba el vapor de la ducha, tenía la extraña sensación de que las cortinas de la bañera eran rejas, una prisión donde sólo poseía mi esponja, el gel y el champú. Y si no se había agotado, también el suavizante. El mundo exterior era hostil. Andaba agobiado en mi trabajo, con un capataz que me gritaba constantemente. Era como si hiciera trabajos forzados, y en cierto modo, por mucho que ciertos libros digan lo contrario, así es. Por algún motivo, las noches no me entretenían. Mis amigos, consumían las horas diluidas en bebida. Yo me preguntaba si era egoísta, cuando no supe afrontar la situación. Afrontar una depresión siendo joven es como ejercer de funambulista con una venda en los ojos. Mi madre me consiguió extraer la promesa de ir al psicólogo y así lo hice. Extrañamente, aquella doctora me pedía hablar de aquel lejano amor, cuando yo creía que la fuente de todo mis problemas era la fragilidad de mi concentración. No tenía muchas esperanzas puestas en una pronta sanación. Pero empecé a tomarme las cosas algo mejor. Cambié de trabajo, y de turno. Empecé a trabajar de tarde, mientras por las mañanas leía. Me atreví con Vida y Destino, enfrentado a la crudeza, posponía el enfrentamiento interior. Entonces vino la llamada: Tus padres han sufrido un accidente de tráfico. Acuda al Hospital T…  Por el camino, mientras detenía mi coche en un paso de cebra fui consciente de que ya no estaban conmigo. No me lo habían dicho todavía, pero me lo iban a confirmar cuando llegara al hospital.  Y pensé en Anna Strumm y en su último viaje a la inevitable muerte en el campo de concentración. Me horrorizaba aquel concepto nuevo que me introdujo en el cerebro el libro de Grossman. Las personas sin esperanza son las que mejor se comportan con sus semejantes. Era como haber descubierto una fórmula matemática, o un precepto de Física que desconocía. Al despejar la incógnita, mi tristeza fue igualada por mi duelo. Enterrando a mis padres, juré no volver a hacer daño a otro ser vivo. Me equivocaba. Lo llevo en la naturaleza. No es que sea un sociópata pero no puedo evitar el destruir la vida. Empezando por la mía. Es genético. Como si nuestra materia estuviera programada para ir destruyendo la vida. Ya no hablo de microorganismos, ni de insectos molestos. Hablo de comer. Hablo de leer. Para ambas cosas es preciso destruir la materia.

No me había dado cuenta de que mi vida pasaba mientras leía. Ya no leía libros. Son los libros los que me leían a mí.

(Rescatado de un escrito de hace unos años)


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