Una buena vida, como aquel cuento
de Bunin, que tan marcado me dejó. Quiero decir, no es comparable mi existencia
con la de aquella mujer, qué entre otras cosas, se le muere un hijo atragantado
por una moneda ¿Un kopek? O quizás sí, somos todos manufacturados con la misma
sustancia volátil. Lo que nos sucede es que hemos sido seducidos por nuestra
literatura. Es lo que hemos ganado con la civilización. O con la inteligencia. Quizás
hemos tomado conciencia de todas nuestras miseria en un agua embarrada de
palabras y nutrida por fracasos insustanciales. Pretendemos creer que nuestras
emociones son bellas o terribles, pero enfrentadas al producto derivado de una
vida entera, se evaporan como el agua de los charcos. Así de las obras que leía en cada momento de la vida, pensaba extraer unos conocimientos que me
prepararan para este deambular cotidiano en la tierra del exilio. Pero me
equivocaba. Sin fe no hay grandes progresos en la espiritualidad. Y yo guardo
una fe limitada en las experiencias ajenas, y menos en las noveladas. Sin
embargo, hay tantas cosas que podría aprender. La mayoría de las novelas tienen
un punto triste. Son alegorías de este pulso bélico que llamamos vida. No voy a
caer en el tópico de mencionar el instante fatal, pero hay que ser consciente
de que la extenuación está ahí. Me entra la risa pensando que alguien está
jugando al golf con nosotros. Leía una buena vida, espantado y a la vez,
alimentado de esperanza sin sentido. Es esa melancolía que tienen los maestros
eslavos a la hora de escribir. Esa literatura de rusos, la gélida atmósfera de
la que cubren sus palabras, ese agonizante cielo azul que describe Andrei
Bolkonsky, del momento en el que cae
herido y se siente sumergido en la vida y no comprende nada más allá que aquel
desfile de nubes sobre su cabeza. Y es aquí donde arranca mi historia. Una
patética versión de los hechos bajo una nublada bóveda de realidades absolutas.
Justo en el momento en el que Pierre Bezújov bebía una botella de vodka de un
trago, en la repisa de una ventana, yo había roto el cristal de una relación
cuyo licor hacía tiempo que estaba agotado. Estaba más aliviado que afligido,
la verdad. No es fácil convivir con la locura de la rutina. No era una
separación especialmente traumática. En mis lacrimales aún abundaba el agua del mar. Ella estaba loca, y
yo, para escapar de su locura, me había sumergido en aquella guerra y paz. Y
Paz me dio mucha guerra.
Pero en el momento en el que avanzaba por aquella
voluminosa novela, que descansaba en una mesa de un parque madrileño, me sentí
realmente alzado a esas nubes, que contemplaba aquel príncipe ruso mientras
yacía herido en el campo de batalla. Escritores y lectores somos en esto como
dioses, que contemplan el espectáculo de los mortales. Debía ser un
inconsciente, tanto tiempo con una relación sentimental, que no me daba cuenta
del abismo que se abría a mis pies. Por ello me enamoré de Natasha, de aquella
risueña Natasha Rostova, a la par que pasaban las páginas de mi vida. Tras los
libros, por supuesto, acudí a la amistad. La inteligencia es sumida en vasos de
licor. En los tragos que damos se pierde un poco esa civilización de la que
hablaba, y volvemos a ser un poco más nosotros mismos. Esto no es bueno, ni
malo. Aquellas noches me precipitaba
por una espiral de delirios alcohólicos y psicotrópicos, y mis dedicaciones
sentimentales deambulaban constantemente entre el fracaso y el escepticismo
sobre mi capacidad seductora. Tal vez exagere. Hubo alguna cópula procedente de
un devaneo previo entre dos coches de un callejón. Caza furtiva, en un hábitat
donde las palabras deben ser menos precisas y más atrevidas. A medio camino entre
la futilidad y la perversión. Te juro que de nada me servía todo el Shakespeare
aprehendido en mi interior. Yo era el menos directo, el que más rodeos daba a
la hora de querer expresar lo fundamental. Lo que una mujer deseaba en aquellos
momentos. Pero mis palabras a veces hondaban demasiado pronto y tocaban hueso,
sin haber rozado primero el alma. Mi aspecto, en aquella paz, era muy de
Bezujov por lo que supe que tenía que esperar mi momento. Pero siempre tenía el
noble propósito de encontrar una musa a la que poder glorificar. Un Quijote en
busca de sus molinos. Eso era yo, en aquellos tiempos. Una froilan
se interesó por mí. Nadie es profeta en su tierra. Ella tenía un cetrino
español como novio. Eso me animó a entablar conversación con ella. Tenía un
buen español, dada las circunstancias, para hablar con un tipo como yo, y entender aquellas ráfagas de ideas con las que tiroteaba
contra su virtud. Un interés real brillaba vertiginoso por sus pupilas, quizás
de asombro, pues no negaré que si bien, yo era el más torpe de los depredadores
del bar, sin duda era diferente. Pero
aquel paisano vino pronto a defender su territorio. de hecho, gracias a mis
amigos, no salí mal parado. No sirvo para la guerra. Soy alérgico al combate.
Quizás no tanto para vomitar si me peleo, o mejor dicho, mientras peleo, si lo
hiciera. A veces me he preguntado si me han hecho el mismo tratamiento que le
dieron a Alex en “La naranja mecánica”. Creo que de niño me dieron el
tratamiento contrario.
Así pasaron más las noches que
los días, puesto que me había convertido en una especie de la noche, algo así
como Drácula, pero sin un castillo donde recibir a nadie, y sin poder decir
aquello de “Bienvenido a mi morada, entre por su propia voluntad y deje algo de
su felicidad aquí” Y por supuesto, sin su hipnótico poder de convicción. Fue un
tiempo de abandono. Podría haber hecho mil cosas, pero no lo hice. No era por
falta de ideas, pero siempre tuve problemas técnicos. Aún los tengo. De hecho
ahora no estoy más que reuniendo una pira de papeles que arderán en una gran
pira esta noche. O tal vez, seguiré más por el vicio de recordar momentos que
ya quedaron atrás.
Según iban pasando las noches, cada vez leía menos y ganaba
más peso. No creo que haya ninguna relación entre estos dos conceptos, pero era
así. Había descuidado la alimentación, tanto la del cuerpo como la de la mente.El día en que empecé a consumir filosofía barata me
di cuenta de que algo había hecho click en mi interior. Me asfixiaba el vapor
de la ducha, tenía la extraña sensación de que las cortinas de la bañera eran
rejas, una prisión donde sólo poseía mi esponja, el gel y el champú. Y si no se
había agotado, también el suavizante. El mundo exterior era hostil. Andaba
agobiado en mi trabajo, con un capataz que me gritaba constantemente. Era como
si hiciera trabajos forzados, y en cierto modo, por mucho que ciertos libros
digan lo contrario, así es. Por algún motivo, las noches no me entretenían. Mis
amigos, consumían las horas diluidas en bebida. Yo me preguntaba si
era egoísta, cuando no supe afrontar la situación. Afrontar una depresión
siendo joven es como ejercer de funambulista con una venda en los ojos. Mi
madre me consiguió extraer la promesa de ir al psicólogo y así lo hice.
Extrañamente, aquella doctora me pedía hablar de aquel lejano amor, cuando yo
creía que la fuente de todo mis problemas era la fragilidad de mi concentración. No tenía muchas esperanzas puestas en una pronta sanación. Pero empecé a tomarme las cosas algo mejor. Cambié de trabajo, y de turno. Empecé
a trabajar de tarde, mientras por las mañanas leía. Me atreví con Vida y
Destino, enfrentado a la crudeza, posponía el enfrentamiento interior. Entonces vino la llamada: Tus padres han sufrido un accidente de
tráfico. Acuda al Hospital T… Por el
camino, mientras detenía mi coche en un paso de cebra fui consciente de que ya
no estaban conmigo. No me lo habían dicho todavía, pero me lo iban a confirmar
cuando llegara al hospital. Y pensé en
Anna Strumm y en su último viaje a la inevitable muerte en el campo de
concentración. Me horrorizaba aquel concepto nuevo que me introdujo en el
cerebro el libro de Grossman. Las personas sin esperanza son las que mejor se
comportan con sus semejantes. Era como haber descubierto una fórmula
matemática, o un precepto de Física que desconocía. Al despejar la incógnita,
mi tristeza fue igualada por mi duelo. Enterrando a mis padres, juré no volver a
hacer daño a otro ser vivo. Me equivocaba. Lo llevo en la naturaleza. No es que
sea un sociópata pero no puedo evitar el destruir la vida. Empezando por la
mía. Es genético. Como si nuestra materia estuviera programada para ir
destruyendo la vida. Ya no hablo de microorganismos, ni de insectos molestos.
Hablo de comer. Hablo de leer. Para ambas cosas es preciso destruir la materia.
No me había dado cuenta de que mi vida pasaba mientras leía. Ya no leía libros. Son los libros los que
me leían a mí.
(Rescatado de un escrito de hace unos años)

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